El 8 de diciembre de 2024 marcó un giro histórico en Siria: los rebeldes tomaron Damasco y pusieron fin a 24 años de régimen de Bashar al-Assad. Con la caída del poder, comenzaron a abrir las puertas de las cárceles del horror. En Sednaya, epicentro del terror, salieron a la luz los testimonios de tortura, ejecuciones y represión sistemática. El sistema penitenciario del régimen no solo encarcelaba: era un arma de guerra.
En Thiaroye Sur Mer, ocho jóvenes partieron rumbo a España y desaparecieron en el Atlántico. Desde el 6 de mayo, sus familias no saben nada. En este pueblo pesquero de Senegal, migrar es cotidiano, pero también letal. La OIM dice que muere 1 de cada 13; aquí aseguran que es 1 de cada 2. “Es una epidemia”, dice Abdoulaye. El mar se lleva a los jóvenes y deja duelo, silencio y un futuro que se esfuma entre las olas.
La DANA que arrasó Valencia dejó 224 muertos, miles de desplazados y una región sumergida en agua y silencio institucional.
Este proyecto nace del dolor, de la impotencia al ver una tierra anegada y sin auxilio. Pero también del coraje: del marido que salvó vidas hasta el amanecer, del joven cuya intuición evitó una tragedia. En la devastación, resiste la dignidad de una comunidad que, sin dormir, sigue de pie. Porque el agua lo arrasó todo, menos la solidaridad.
Una generación condenada a la precariedad abandona la España olvidada, periférica, que no cuenta para el Estado.
Del Cádiz obrero al “Detroit español” en León, los jóvenes se van, sin futuro laboral, sin casa, sin hijos. Un país que dejó morir su industria y con ella, los sueños de toda una generación.
Blue Lesbos retrata la resiliencia de los jóvenes migrantes atrapados en la isla: cuerpos que se lanzan, aprenden a nadar, juegan. El mar, antes frontera, se vuelve refugio. En un lugar donde la vida queda suspendida entre burocracias y alambradas, saltar es avanzar.
Desde la ocupación marroquí en 1975 de la República Árabe Saharaui Democrática, muchos saharauis se vieron obligados a marcharse de sus casas rumbo a los campamentos de refugiados situados en medio del desierto del Sahara, al sur de la ciudad argelina de Tinduf. Hoy, la ocupación continúa sobre casi todo el territorio. También en Dajla, un nuevo destino turístico explotado por Marruecos y que mantiene invisibilizada la realidad saharaui ante la llegada de nuevos visitantes.
La Depresión Aislada en Niveles Altos (DANA) que golpeó Valencia se convirtió en uno de los eventos meteorológicos más devastadores de los últimos años. 224 personas perdieron la vida, y las lluvias torrenciales superaron los 400 litros por metro cuadrado, causando inundaciones catastróficas, graves daños materiales y una trágica pérdida de vidas.
Este evento me marcó profundamente, por lo que la narrativa se centra en las emociones y sentimientos que experimenté al ver cómo una región de mi país quedaba completamente sumergida y sin ayuda durante días. Las fotografías buscan reflejar esa sensación de impotencia e indignación al no poder escapar de un estado que, durante esos días, parecía haber fallado.
Municipios como Torrente y Picaña enfrentaron lluvias desbordantes en pocas horas, inundando calles, hogares y espacios públicos. Los informes preliminares indicaron 224 fallecidos y miles de desplazados. Cientos de vehículos fueron destruidos, arrastrados por fuertes corrientes.
Aunque la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) emitió alertas, la magnitud de la DANA, la infraestructura insuficiente y las respuestas descoordinadas expusieron vulnerabilidades. La desinformación en internet solo añadió más pánico.
Una mujer recuerda las acciones heroicas de su esposo:
«Mi marido pasó la noche rescatando gente entre Picaña y Torrente. No supe nada de él hasta las 2:30 de la madrugada, cuando un amigo me llamó para decirme que estaba a salvo. Pero no podía dormir, escuchaba a personas gritar pidiendo ayuda desde abajo. Una chica empapada llegó a mi casa; le di ropa seca. Cuando mi marido volvió a casa, se derrumbó. Vio cómo los coches se hundían y solo pudo ayudar a un hombre con la cadera rota. Los bomberos le improvisaron un gotero. Fue terrible.»
Otro sobreviviente cuenta cómo la duda le salvó la vida: «Estaba en casa de un amigo, tuve un mal presentimiento y decidí volver a casa. Un vecino gritó: ‘¡Saca el coche!’. Se lo dije a mi madre, pero se quedó paralizada y volvió a entrar. Cuando bajamos, el agua ya había inundado el edificio. Los contenedores bloqueaban la puerta del garaje. Esa duda nos salvó. De lo contrario, habríamos quedado atrapados en el coche.»
La DANA en Valencia evidencia la creciente intensidad de los eventos climáticos extremos debido al cambio climático. Subraya la necesidad de una mejor infraestructura, respuestas de emergencia más eficaces y una mayor concienciación pública. En medio de la tragedia, la resiliencia de la comunidad brilla como un faro para los desafíos futuros.
A pesar de sus 1.062 kilómetros de costa, muchos saharauis nunca han visto el mar.
«Le explico a mi hija lo que es el mar y se me parte el corazón porque no saben lo que es, ni siquiera lo que son los peces», dice el alcalde de la wilaya de Smara en los campos de refugiados.
Desde la ocupación marroquí de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en 1975, muchos saharauis fueron obligados a refugiarse en campamentos en el desierto del Sahara, al sur de Tinduf, Argelia. Hoy en día, casi todo el territorio sigue bajo ocupación, aislado por un muro de 2.700 kilómetros—el segundo más grande del mundo—custodiado por minas y puestos militares.
Dentro del territorio ocupado se encuentra Dajla, una impresionante península que Marruecos ha transformado en un destino turístico. Sus playas vírgenes y sus vientos constantes atraen a turistas europeos, mientras que el plan marroquí Generation Green impulsa la expansión agrícola con 5.000 hectáreas de invernaderos, una acción que viola el derecho internacional.
«El traslado de poblaciones y la explotación de recursos bajo ocupación constituyen crímenes de guerra», explica Tone Safonn Moe, abogada noruega especializada en derechos humanos.
Más allá de la fachada turística, los saharauis enfrentan discriminación sistemática, desempleo y represión. Activistas como Hassan Zerouli denuncian la militarización y la falta de libertades básicas. Se prohíbe la entrada a periodistas, y quienes disienten se arriesgan a ser encarcelados o exiliados.
A pesar de los esfuerzos de Marruecos por presentar Dajla como un paraíso de paz, la región sigue siendo un territorio profundamente disputado, y su desarrollo refleja un proceso continuo de borrado de la identidad y la cultura saharaui. El turismo en Dajla respalda la ocupación marroquí, normalizándola a nivel internacional mientras silencia a quienes sufren bajo su dominio.
Detrás de los pintorescos complejos turísticos se esconde una historia de conflicto, explotación y resistencia.
La larga guerra civil de Siria alcanzó un punto de inflexión el 8 de diciembre de 2024, cuando, tras dos semanas de avances exitosos, las fuerzas rebeldes tomaron la capital, Damasco, con poca resistencia, derrocando así el régimen de 24 años del presidente Bashar al-Assad. Inmediatamente, los rebeldes comenzaron a liberar a los prisioneros de una vasta red de centros de detención, con la temida prisión militar de Sednaya como eje central. Los testimonios de los sobrevivientes revelaron la magnitud de la detención sistemática, la tortura y la ejecución secreta de opositores por parte del régimen de Assad, lo que convirtió su ya brutal sistema penitenciario en un arma de guerra.
Parte de una generación abocada a la precariedad. Jóvenes sin oportunidades en su tierra, que emigran a las grandes ciudades de la península. Abandonan una España periférica, que no se entiende y que se olvida. Territorios sobre los que casi nunca se cuenta nada y que, para el Estado, apenas cuentan.
Este proyecto nace de mi interés por retratar esa España y explicar cómo la debilidad estructural de nuestra industria provoca un efecto dominó que termina en la despoblación de nuestra geografía. Abro Maps para saber cuánto llevo recorrido por ese constructo de periferia española. Son ya 11.664 kilómetros y la historia se repite.
El colapso lo encuentro en Linares, un municipio de Jaén que sobrevivió a la minería del plomo y alcanzó el ideal del pleno empleo gracias a la fábrica de automoción Santana, donde trabajaba gente de toda la provincia. Su cierre, hace ya una década, hundió la economía local, cargándola con el estigma de “la ciudad con más paro de Europa”.
La desindustrialización la ubico en Andorra (Teruel), donde el nivel de vida de sus habitantes rivalizaba con el de Estocolmo, como si fuera un pueblo en una realidad paralela. Hasta hace poco, vivían de la central térmica de Endesa, dependientes del carbón. Pero la central ha cerrado y en las joyerías se ha dejado de vender oro; ahora se vende plata y acero.
La resistencia la encuentro en A Mariña, comarca de Lugo. Un 30% del PIB de la provincia depende de la estadounidense Alcoa, una de las mayores productoras de aluminio del mundo, con salarios que permiten acceder a coches de lujo. Sin embargo, sus trabajadores han asumido parar temporalmente la producción, tras meses de lucha para impedir el posible cierre de la fábrica.
Son pasado, presente y futuro de la industria en este país. Un imparable proceso de desindustrialización que se extiende desde la lucha obrera en Cádiz hasta León, calificado como “el Detroit español”. Provincias que una vez fueron ricas ven marchar a su juventud, convencida de que jamás podrá ejercer el trabajo para el que se ha preparado, ni siquiera plantearse comprar una vivienda o tener descendencia. Una política industrial varada en el siglo XX y que nadie pretende rescatar.
En una tarde calurosa de verano, Hammid saltó al agua más de cien veces. Siempre desde la misma esquina de la plataforma de hormigón junto al puerto de Mytilene, en la isla de Lesvos. Al principio, estaba acompañado, pero cuando cayó la noche, solo quedaba él, intentando mejorar cada salto, perfeccionar la caída, aprender a sumergirse sin miedo. La primera vez que entró en el mar fue para cruzar el Egeo en una barca sobrecargada: “Había grandes olas. Si Frontex no hubiera llegado, habríamos muerto”.
Blue Lesbos es un proyecto fotográfico sobre la resiliencia de los jóvenes migrantes atrapados en la isla de Lesvos. A través de sus cuerpos en el agua, cuenta la historia de quienes, tras cruzar el mar con el miedo de no llegar, lo redescubren como un espacio de libertad. Llegaron sin saber nadar, muchos sin haber visto nunca un río grande, pero en las tardes de verano, cuando el calor da tregua, buscan las rocas, las pequeñas playas y la plataforma de hormigón donde pasan las horas. Saltan, compiten, se sumergen por primera vez en sus vidas, y en ese aprendizaje físico reconstruyen su relación con el agua.
El proyecto es también un retrato de la espera. De las tardes que se alargan en un paraíso convertido en prisión, de los cuerpos que buscan moverse en un sistema que los mantiene quietos. En Moria, donde la sobrepoblación y la violencia son la norma, no hay espacio para la vida. Por eso, en la costa de esta isla paradójica, encuentran su propia forma de avanzar.
Blue Lesbos habla del mar como frontera, pero también como refugio. Un lugar donde estos jóvenes, atrapados en la burocracia del asilo, desafían la inmovilidad, se apropian del tiempo y el espacio, y transforman el agua en su propio terreno de juego.